Historia del vino

El vino desde sus inicios

 

 HISTORIA DEL VINO

Es casi imposible determinar una fecha exacta de la primera elaboración de vino o de la primera planta de vid que se conoce. Presumiblemente hace más de 6000 o

7000 años ya se elaboraba vino a partir de una uva silvestre y cuando los pueblos se volvieron sedentarios la vid fue una de las primeras plantas en ser cultivadas (sin olvidar el olivo).

No se puede demostrar la existencia de la vid en Egipto, antes del cuarto milenio, pero si existen indicios fiables de una viticultura en Oriente Medio 6000 años antes de nuestra era. Mientras que las primeras herramientas conocidas  datan del quinto milenio halladas en el Cáucaso (Armenia y Georgia) y otras en la antigua Persia en el 4000 a.C.

EL PRIMER VIÑEDO
Es probable que se produjeran vinificaciones accidentales en todas partes donde hubie
se a la vez uvas en estado silvestre y población humana. Un paso muy considerable fue franqueado con el cultivo de la vid. Los arqueólogos pueden determinar si las pepitas encontradas en yacimientos habitados provienen de uvas silvestres o cultivadas. Se han descubierto pepitas de vid cultivada en el Cáucaso, al este del mar Negro. Tienen una antigüedad de unos siete mil años. Así, puede decirse que el primer viñedo fue plantado con toda probabilidad entre los actuales territorios de Turquía, Georgia y Armenia. Sabemos que en esta región, cuyo clima y relieve son particularmente propicios al cultivo de la vid, crecía antaño en estado silvestre.

 




EL VINO EN EL IMPERIO ROMANO

La elaboración de vino se introduce en Italia en el 200 a.C. Los romanos adoptan al dios griego del vino cambiándole de nombre, así, Dioniso se convierte en Baco, símbolo de la festividad asociada al consumo de vino. Los romanos hicieron gala de su practicidad y gran conocimiento tecnológico también en lo referente al cultivo de la vid y elaboración del vino. De hecho, comienzan a experimentar con los injertos de vides. Plinio el Viejo, en su obra “ Naturalis Historiae ”, dedica un libro entero a describir las diferentes variedades de uva existentes en la época, y deja testimonio de que ya se elaboraban más de medio centenar de vinos distintos. También comienzan a utilizarse cubas de madera para transportar el vino, según se recoge en las crónicas de Julio César sobre la Guerra de las Galias.

Los romanos celebraban cada año la fiesta de la vendimia. El primer mosto era mezclado con miel (obtenían lo que se conocía como mulsum , una apreciada bebida que se servía al comienzo de los banquetes), y el resto se almacenaba para que fermentara en grandes tinajas de barro. Aparece la figura del vinatero (antecesor del bodeguero moderno), quien añadía al vino sustancias para blanquearlos (los vinos blancos eran los más valorados por los romanos, de forma que se clarificaban), realizaba maceraciones con hierbas para proporcionarles aromas o guardaba parte de la cosecha en ánforas durante 15 o 25 años para que el vino madurase (lo que era muy apreciado por los patricios romanos).

Símbolo de riqueza, poder y lujo, el vino blanco se servía en copas de cristal en las casas de los nobles, mientras que el vino tinto se servía en las tabernas populares (como así han confirmado excavaciones realizadas en ciudades como Pompeya).

El vino se convierte en una importante actividad económica, incluso se importan vinos traídos de Grecia. Apicius, en su obra De Re Coquinaria (el primer libro de cocina de la época e importante obra documental sobre la culinaria del Imperio Romano), menciona que el vino se emplea en la elaboración de muchos platos romanos.

Desde Italia, el cultivo de la vid se extiende hacia Galia (Francia). Los galos imitaron a sus vecinos del norte de Europa, quienes usaban barricas de madera para conservar la cerveza, y emplearon estas barricas para almacenar el vino. Los visigodos heredaron la tradición romana del cultivo de la vid y elaboración del vino. Una tercera parte de la vieja Europa se siembra de vides y se produce vino en Alemania, Francia, Italia y España, entre otros.

VINO Y RELIGIÓN

El aspecto esencial de este primer período de la historia del vino es que los griegos de la antigüedad —y a continuación los romanos— le reservaban un importante lugar en sus vidas. Por esta razón, y sobre todo por sus usos religiosos y rituales, el vino se convirtió en un elemento clave de la civilización occidental. Ya en tiempos de la antigua Grecia también los chinos conocían el vino, pero no lo explotaban de forma sistemática. El cultivo de la vid aparece igualmente en ciudades de Persia y de la India, aunque no deja en ellas huellas muy profundas. En cuanto a la América precolombina, sus culturas jamás descubrieron el vino pese a la presencia de vides silvestres y a la existencia de civilizaciones refinadas. La práctica y las creencias cristianas descienden en línea recta de los rituales griegos y romanos. El empleo del vino en forma sacramental está ligado directamente con el judaísmo, pero las similitudes más fuertes aparecen en la comparación con el culto griego de Dioniso, dios del vino, y de Baco, su equivalente romano. Según la leyenda, Dionisio llevó el vino a Grecia desde Asia Menor, la actual Turquía. Hijo de Zeus, Dionisio tuvo un doble nacimiento, uno humano y otro divino (el mito es bastante oscuro, al menos para nosotros), y en el primero su madre era una simple mortal, Semele. Este dios era la vid y el vino era su sangre.

LOS DIOSES DEL VINO

Dioniso era el dios de la vid y del vino, aunque muchos otros, con leyendas análogas, aparecen en las más diversas civilizaciones con notable regularidad. Una inscripción del año 2700 a. de C. menciona a la diosa sumeria Gestín con el significativo nombre de (madre cepa). Otro dios sumerio se llamaba Pa-gestíndug (buena cepa) y su esposa Nin-kasi, que significa «dama del fruto embriagador. En Egipto, el dios del vino era Osiris, al que se evocaba como el vino Lágrimas de Horuso sudor de Ra (dios del sol). Aunque, más tarde, Jesús dijo “yo soy la vid”, el judaísmo no estableció ninguna relación entre Dios y el vino. Prohibía incluso las libaciones, ofrendas de vino a los dioses tan frecuentes en Babilonia, en Grecia y en otras religiones. El vino es importante en el ritual judío, pero su abuso está mal visto. Cuando el cristianismo se convirtió en religión dominante, hizo desaparecer a Dioniso y a Baco. La desvergüenza que caracterizaba las bacanales fue considerada sacrílega por los primeros obispos, sobre todo porque en ellas participaban las mujeres. Los romanos, cuya expansión coincidió con el declive de Grecia incorporaron los dioses griegos adaptándolos a sus características. Así, Dioniso se convirtió en Baco, nombre que ya recibía en las ciudades griegas de Lidia, en Asia Menor. De dios del vino, Baco se convirtió en salvador y su culto se extendió sobre todo entre las mujeres, los esclavos y los pobres, hasta el punto de que los emperadores intentaron prohibirlo sin dem siado éxito. El cristianismo, cuyo desarrollo es indisociable del Imperio romano, asimiló numerosos símbolos y ritos báquicos, y atrajo, en los p meros tiempos, a las mismas categrías de fieles. La significación de la eucaristía es un tema demasiado complejo para ser evocado en pocas líneas. Digamos simplemente que el vino de la comunión era por lo menos tan necesario en una asamblea de cristianos como la presencia de un sacerdote. Gracias a este lugar vital que ocupaba en las prácticas religiosas, el vino subsistió incluso durante el sombrío período de las invasiones bárbaras que acompañaron la decadencia de Roma.


LAS REGIONES VITÍCOLAS DE LA ANTIGÜEDAD MEDITERRÁNEA

Los egipcios, los sumerios y los romanos daban un nombre a sus viñedos y discutían para establecer cuáles eran los mejores vinos. El país que la Biblia llama Ganaán —tal vez Fenicia o Siria— era famoso por su vino. «El vino de los lagares de Daha es tan abundante como el agua viva», escribió un cronista egipcio. Daha se encontraba en alguna parte del país de Canaán, donde los egipcios compraban madera para sus construcciones y, desde luego, vino. Según la Biblia, los hebreos habían traído de Ganaán un racimo de uvas tan grande que fueron necesarios dos hombres para transportarlo. El Antiguo Testamento está lleno de referencias a viñedos. Los romanos dejaron esmeradas definiciones de los mejores vinos de Italia. En el más alto rango se situaba el de Falerno, localidad al sur de Roma, que estaba considerado como el mejor de la época, seguido de los vinos de Alba (los montes Albanos de la actualidad). En Pompeya, gran puerto vitícola de la Italia romana, un comerciante en vinos se hizo tan rico que pudo mandar construir a su costa el teatro y el anfiteatro de la ciudad. Los romanos apreciaban también los vinos de España, de Grecia y —en la época imperial— los de la Galia, el Rin y el Danubio.

El vino en la Edad Media

Durante la Edad Media, las tierras (y con ellas los cultivos de vid) pasan a ser propiedad de la Iglesia y los reyes. Así, la elaboración del vino queda circunscrita a monasterios y castillos. En este periodo se hace extensivo el uso de las barricas de madera para almacenar el vino y, de forma casual, aparecen las primeras bodegas. En este periodo se entiende por bodega el lugar para guardar las barricas de vino, valiosa mercancía que había que proteger de los saqueos, por lo que se guardaban en los sótanos de monasterios y castillos.
En la Península Ibérica, los Reyes Católicos iban reconquistando territorio a los musulmanes, terrenos en los que se replantaban vides. Tras la Reconquista, se plantan vides en el Camino de Santiago, en las zonas de Rioja y Ribera del Duero. A partir del siglo XII comienzan a plantarse viñedos en Cataluña y en la zona de Jerez. Durante el siglo XV se lleva el vino a las Islas Canarias, datándose el cultivo de la primera vid en el año 1497.

  LOS MONJES Y EL VINO

   El vino estaba estrechamente relacionado con el estilo de vida mediterráneo. Al norte de los Alpes, las actividades sedentarias —como el cultivo de la vid— estaban en peligro frente a las oleadas de temibles invasores. Solamente la Iglesia, que necesitaba vino y era capaz de garantizar una continuidad de consumo, permitió la supervivencia de la viticultura. Cuando Europa consiguió salir de esos tiempos tempestuosos, los viñedos se encontraban precisamente alrededor de monasterios y catedrales. Los monjes no se contentaron con hacer vino: lo mejoraron. En la Edad Media, los cistercienses de Borgoña fueron los primeros en estudiar el suelo de la Cóte d’Or, en transformar los viñedos seleccionando las mejores plantas, en experimentar con la poda y en elegir las parcelas no expuestas a las heladas, que eran las que daban las uvas más maduras. Rodearon sus mejores viñedos con muros: los dos que sobreviven, aunque sólo sea a través del nombre, son una prueba de la perspicacia de estos monjes viticultores. Los cistercienses de Kloster Eberbach hicieron lo mismo en el Rheingau. Todos sus esfuerzos tendían a producir un vino destinado no solamente a la misa, sino a la venta, ya que los monjes desempeñaron un papel esencial en el comercio de vinos durante la Edad Media. El paulatino retorno a una cierta tranquilidad permitió la expansión de los viñedos y reanimó el comercio. El vino nunca había perdido completamente su valor de bien de cambio: durante la alta Edad Media (del siglo V al X aproximadamente), por los mares occidentales surcados de piratas, los navíos mercantes zarpaban discretamente de Burdeos o de la desembocadura del Rin rumbo a Gran Bretaña, Irlanda o más al norte todavía. Cualquier jefe bárbaro regaba sus fiestas convino; el ermitaño más aislado siempre lo necesitaba para la comunión. Con esta resurrección del negocio aparecieron las grandes flotas del vino: centenares de barcos iban hasta Londres o los puertos de la Hansa. Los ríos también se convirtieron en importantes rutas comerciales: las barricas repletas de vino eran pesadas y difíciles de mover, por lo que el transporte por barco resultaba el más indicado. Para el hombre medieval, el vino o la cerveza no eran un lujo, eran una necesidad. Las ciudades ofrecían un agua impura y con frecuencia peligrosa. Al desempeñar el papel de antiséptico, el vino fue un elemento importante de la rudimentaria medicina de la época. Se mezclaba con el agua para hacerla bebible. Pocas veces se tomaba agua pura, al menos en las ciudades. «El agua sola no es sana para un inglés», escribió en 1542 el erudito británico Andrew Boorde. Grandes cantidades de vino circulaban en aquella época. En el siglo XIV las exportaciones de Burdeos hacia Inglaterra eran tan importantes que su media anual no fue superada hasta 1979. El rey Eduardo II de Inglaterra encargó el equivalente de más de un millón de botellas con ocasión de su boda con Isabel de Francia, en 1308. Bajo el reinado de Isabel 1, casi tres siglos después, los ingleses bebían más de cuarenta millones de botellas de vino por año para una población de poco más de seis millones de habitantes.

El vino en la Edad Moderna

Los colonizadores españoles llevaban la vid al Nuevo Mundo y empleaban las materias primas de allí traídas (café, cacao, etc) para comerciar con ellas (en Burdeos, el vino se cambiaba por café, por ejemplo). Mientras, el Renacimiento avanzaba y acababa con el oscurantismo medieval en todos los sentidos.
Se abre una nueva etapa en la historia del vino, con el perfeccionamiento –en los siglos XVII y XVIII– de las técnicas de vinificación. En este periodo, los vinos de Borgoña, Burdeos y Champaña (Francia) adquieren parte de su posterior fama mundial, gracias, en gran medida, a los comerciantes del norte de Europa. Comienzan a utilizarse las botellas de vidrio para conservar el vino y se inventa el tapón de corcho. También en este momento, el monje Dom Pérignon descubre cómo elaborar el vino espumoso en la región de Champagne

EL Aficionado al buen vino

La demanda de vinos de consumo diario ocupó a los viticultores y bodegueros durante muchos siglos. Pero hacia finales del siglo XVII apareció en el mercado una nueva exigencia: se pedían vinos que procuraran una experiencia estética. Los romanos de la antigüedad ya habían buscado las mejores añadas del imperio, del mismo modo que los reyes y los abades de la Edad Media exigían también lo mejor. Pero la novedad, en Francia y naturalmente en Inglaterra, fue la emergencia de una nueva clase social con dinero y buen gusto que estaba dispuesta a pagar lo que fuera por un gran vino. En Francia, los cortesanos de la Regencia (1715-1723) reclamaron —y obtuvieron— grandes cantidades de champágne de mejor calidad y más efervescente. En Inglaterra, durante la misma época, los grandes personajes del reino, encabezados por el primer ministro Robert Walpole, buscaban los mejores vinos tintos de Burdeos. A esta generación debernos el concepto de «gran vino» tal como lo conocemos en la actualidad. Hasta entonces, el vino se bebía dentro del año de la cosecha; cuando se acercaba la nueva vendimia, el precio del vino «viejo» caía. En 1714, un comerciante parisino reclamaba a su corresponsal en Burdeos «buen vino, vino fino, viejo negro y aterciopelado». Naturalmente ya se sabía criar y mejorar el vino. Comenzaba la era de los vinos de calidad. Se atribuye generalmente a Arnaud de Pontac, presidente del parlamento de Burdeos hacia 1660, el mérito de haber inaugurado esta búsqueda de la calidad. Propietario del Cháteau Haut-Brion, se puso a producir un nuevo tipo de vino empleando métodos que más tarde serían corrientes: bajo rendimiento, selección esmerada, rigor en la vinificación y añejamiento en bodega. El objetivo era evidentemente crear una reputación que justificase un precio elevado. En Londres, los vinos de Haut-Brion llegaban a triplicar el precio de otros buenos vinos. En una generación, otras denominaciones bordelesas —con Latour, Lafite y Margaux a la cabeza— se habían incorporado a esa corriente. Los refinamientos se sucedían: selección de las mejores variedades, drenaje de. los viñedos, precisión creciente en la crianza y en las operaciones realizadas en la bodega. Empezaron así a producirse vinos finos en grandes cantidades. Francia tuvo que esperar la revolución industrial para que la producción de vino de mesa alcanzase un volumen equivalente. El desarrollo de las ciudades, en las que la población obrera no cesaba de crecer, fue el factor que multiplicó la demanda de vino barato. El ferrocarril permitió satisfacerla —gracias a los amplios y soleados viñedos del Midi.

 

LAS PLAGAS DE LA VID

Precisamente en el Midi francés apareció por vez primera, en 1860, la más devastadora de las plagas de la vid: la filoxera, un pulgón del tamaño de una cabeza de alfiler que provocaba la muerte de la vid al nutrirse del jugo d sus raíces. Había llegado accidental mente de América del Norte cuando los barcos de vapor comenzaron atravesar el océano lo bastante rápido como para que el parásito, presente en las plantas importadas, pudiese sobrevivir al viaje. Toda Europa se vio afectada: casi ninguna vid pudo escapar de la plaga. Al cabo de cuarenta años de estragos se encontró la solución: las vides injertadas en pies americanos eran inmunes. Pero la filoxera no fue el único problema: dos enfermedades, el oídio y el mildiu, atacaron las viñas europeas en la misma época. En muchas regiones de Europa, numerosos viñedos arrasados por la filoxera nunca se han vuelto a replantar.




EL GRAN DESARROLLO DEL SIGLO XX

Es innegable que el mundo del vino tuvo que dedicar una buena parte del siglo XX a reponerse de la crisis atravesada en la segunda mitad del XIX. Después de la Primera Guerra Mundial, el consumo europeo alcanzó nuevos récords, pero el vino, procedente del Midi francés, de La Mancha o del norte de Africa, era mediocre. Incluso los grandes vinos —de Burdeos, de Borgoña, del Riny del Mosela— se vendían a bajo precio: sus consumidores, en otro tiempo prósperos, se habían visto afectados por las guerras y las crisis. Los viñedos más favorecidos fueron los del Nuevo Mundo: al oeste de Estados Unidos, en Australia, en Sudáfrica y en Nueva Zelanda, inmigrantes llegados de Europa plantaban en suelos vírgenes para aplacar la sed de otros colonos.

 

LA BÚSQUEDA DE AUTENTICIDAD

Los esfuerzos llevados a cabo para superar las consecuencias de la filoxera y las crisis económicas incluyeron el desarrollo de la legislación vitícola. Se intentaba también combatir el fraude: vinos ordinarios etiquetados bajo grandes nombres, vinos adulterados, etc. De esta forma nació el sistema francés de denominaciones de origen (AOC) y las reglamentaciones que se han inspirado en él, aunque sea parcialmente, en casi todo el mundo. Los tumultos protagonizados por los viticultores de Champagne en 1911, debidos a los bajos precios de sus vinos, constituyeron el episodio más señalado de una larga serie de protestas. Después de la Primera Guerra Mundial, el gobierno francés aprobó la mencionada AØC, que se convirtió a partir de ese momento en un sistema de garantía de autenticidad. Variedades, límites territoriales, métodos de poda: todo está reglamentado.

 

EL DESCUBRIMIENTO DEL CONTROL

La ciencia empezó entonces a desempeñar un papel importante y se desarrollaron programas de investigación sobre la vid, la fermentación o la crianza en bodega. Con el conocimiento llegó el control: los rendimientos se hicieron mucho más previsibles y elevados. Paralelamente, el consumo de vino se convirtió en un fenómeno que se puso de moda en el mundo entero. Los viñedos famosos consiguieron estar a la altura de la demanda gracias a excelentes y abundantes vendimias (la década de los 80 fue particularmente notable en este sentido). Por otra parte, los mejores vinos del Nuevo Mundo comenzaron a rivalizar en calidad con los mayores clásicos europeos. Para los productores, el fin del siglo XX marca un período de prosperidad; para los aficionados al vino, una edad de oro, con abundancia de buenos vinos a precios relativamente razonables. Las víctimas de esta evolución son sin duda los productores de vinos baratos. Sin duda nuevos países productores van a acceder a un mercado en buena medida saturado. Las técnicas actuales permiten mejorar rápidamente los vinos de las regiones menos famosas, como lo demuestran los resultados de las inversiones realizadas en el Languedoc-Rossellón. Para el consumidor, el porvenir inmediato promete vinos mejores y mayores cantidades. En cuanto a los productores, se verán enfrentados a un duro reto por la competencia internacional.

  LA VITIVINICULTURA EN AMÉRICA
Históricamente, se comprueba en América, la inexistencia de cualquier tipo de cultivo y producción vínica hasta 1492. Con la llegada de los españoles y más tarde de los portugueses se inicia el cultivo de la vid, al ser pueblos que tenían tradicionalmente incorporado el vino en su dieta.
Asentados los descubridores en las nuevas tierras incorporadas a las Coronas de Castilla y Portugal, solicitaban también importantes cantidades de vino para el consumo, que eran difíciles de satisfacer por las dificultades de la navegación en aquella época y la lejanía de los puertos de origen. Después de tan largas travesías y condiciones poco adecuadas para la conservación , el vino escaseaba. Ello determinó, que, en donde las condiciones del suelo y del clima parecieran propicias para el logro de la vid y posterior obtención del vino, se intentase su cultivo. Esencialmente, el factor determinante para su implantación, fue el desarrollo de las misiones religiosas, ya que necesitaban el vino para las misas, en las mesas y con los enfermos. Como el vino no se vendía, se originó la idea de cosechar las uvas en las propias tierras. Por todo ello, la Casa de Contratación en Sevilla recibió órdenes en el año 1564, de enviar en cada barco que partía hacia las Indias, cierto número de vides para su implantación y desarrollo en el Nuevo Mundo, iniciándose así, el origen del cultivo de la vid en América.
Los españoles realizaron los primeros intentos de cultivo en la Isla La Española, hoy, República Dominicana. De allí, tres fueron los centros de irradiación del cultivo de la vid en América : dos españoles en Nueva España (México) y en Perú, que se extendieron a países limítrofes, coincidiendo con las campañas de Hernán Cortés y de Pizarro, y otro complementario portugués de la tierra de Santa Cruz, nombre con el que se bautizó a Brasil.
Dos fueron los problemas que en esta etapa inicial, para la implantación de Vitis vinífera; uno el material empleado para su establecimiento y segundo, las condiciones climáticas extremadamente cálidas para su cultivo. El primer material utilizado y el más generalizado fueron sarmientos de vid, cuando su implantación se realizaba en el hemisferio Norte, donde se inició y expandió su cultivo. Cuando los sarmientos se enviaban al hemisferio Sur, las cosas se complicaban más aún. Los sarmientos cortados en España en las vides de invierno, brotaban durante los largos viajes, al pasar por latitudes más bajas y cálidas. Al llegar a destino se plantaban en época inapropiada.
Luego se comenzó a llevar el material en macetas, para solucionar estos problemas, pero también aquí se presentaron problemas en el transporte. Se sabe que también se sirvieron de semillas de uva para la formación de aquellos primeros viñedos, con el inconveniente de no reproducir los caracteres varietales y perder uniformidad en las nuevas plantaciones. Este sería el origen de numerosas variedades “criollas” que poblaron el viñedo colonial.

Por lo que yo tengo entendido y si no es así que me corrijan la primera bodega de la cual se tiene constancia se inauguró en 1593 en México, en Parras y en la actualidad esta bodega elabora aguardientes.

Las variedades originarias utilizadas por los primeros colonos son aún usadas para la obtención de vinos, pero cuando estos países dejaron de estar bajo la tutela de España la plataforma ampelográfica se amplió importando variedades europeas y elaborando en la actualidad vinos excepcionales y reconocidos mundialmente.

 

Sudamérica, en amplias regiones, posee un clima privilegiado para la producción de viñedos. Especialmente, países como Argentina y Chile en el cono sur, lideran la producción, gracias a su clima y regiones de montaña y pre cordillera junto a los Andes. Pero otros países, no se quedan atrás.

En Argentina, se proyecta como uno de los principales actores globales en el mercado mundial. En una visita al país, tendremos que trasladarnos a la región de Cuyo, donde se produce la cepa del Malbec, un vino tinto que encuentra en el lugar su mejor hábitat. En la provincia de Mendoza abundan los viñedos y las rutas turísticas de degustación, entre hoteles de categoría, restaurantes y por supuesto, visitas guiadas incluidas.

Del otro lado de la cordillera, en Chile, la producción de vino no se queda atrás. Su variedad más reconocida es Carménère, pero también destacan el Sauvingon Cabernet, Merlot, Syrah, y otros. Con una excelente relación calidad y precio los vinos de Chile se exportan a casi todo el mundo, y se pueden degustar en zonas como el Valle del Maipo, Maule o Colchagua. Incluso, existe en el país un Tren del Vino.

Por si pensamos que todo termina aquí, la revolución del vino y el enoturismo se extiende por otros países productores, en menor medida. En Uruguay, en la región de Canelones, o en Brasil, en estados como Río Grande do Sul, Paraná, Santa Catarina, Mato Grosso, el vino se produce con aspiraciones de calidad de la mano de descendientes de inmigrantes europeos. En Perú, la producción y el turismo alrededor de la producción del vino está en crecimiento en regiones cerca de Lima, Ica y Areguipa. En países como Bolivia, Ecuador o Colombia, probablemente nos sorprenda en función del clima o la latitud, la existencia de viñedos con parámetros europeos de producción, aunque sin el renombre de los vinos de más al sur. Sudamérica, vive su propia revolución, y sin dudas, el enoturismo tiene un gran futuro.

 

EL VINO EN LOS ESTADOS UNIDOS

Los primeros europeos que exploraron Norteamérica la llamaron Vinland debido a la profusión de vides que encontraron. El primer vino de lo que hoy son los Estados Unidos fue elaborado con uvas scuppernong por colonos hugonotes franceses en una colonia cerca de Jacksonville (Florida) entre 1562 y 1564.2 En las antiguas colonias americanas de Virginia y las Carolinas, la vinicultura era un objetivo oficial establecido en sus cartas de fundación. Sin embargo, los colonos más tarde descubrirían que el vino hecho con las variedades nativas tenían aromas y sabores poco familiares y no les gustaban. Esto llevó a esfuerzos continuados para cultivar las familiares variedades de Vitis vinifera comenzando por la Virginia Company exportando vides francesas con vignerons franceses a Virginia en 1619. Estas primeras plantaciones fracasaron por plagas nativas y enfermedades que devastaron los viñedos. En 1683, William Penn plantó un viñedo de vid francesa en Pennsylvania que puede que injertara con una Vitis labrusca nativa para crear la uva híbrida alexander. Una de las primeras bodegas comerciales en los Estados Unidos se fundó en Indiana en 1806 elaborándose vino con la uva alexander. Actualmente, híbridos franco-estadounidenses son el producto básico de la producción de vino de la Costa Este de los Estados Unidos.4

 

En California, el primer viñedo y bodega fue creado por el misionero franciscano fray Junípero Serra cerca de San Diego en 1769. Más tarde los misioneros llevarían las vides hacia el norte, plantándose el primer viñedo en Sonoma alrededor del año 1805.3 California tiene dos variedades nativas, pero hacen vino de calidad pobre. Por lo tanto, los misioneros usaron la uva mission, a la que se llama criolla o “colonialized European” en Sudamérica. Aunque es una variedad de Vitis vinifera, es de calidad “muy modesta”. Jean-Louis Vignes fue uno de los primeros colonos que usaron vinífera de alta calidad en su viñedo cerca de Los Ángeles.3

 

La primera bodega comercialmente exitosa en los Estados Unidos se fundó en Cincinnati, Ohio a mediados de los años 1830 por Nicholas Longworth, quien hizo vino espumoso con uvas catawba. En los años 1860, los viñedos del valle del río Ohio fueron atacados por la podredumbre negra. Esto llevó a varios viticultores a moverse hacia el norte, a la región de los Finger Lakes de Nueva York. En esta época, la industria del vino de Missouri, centrada alrededor de la colonia alemana de Hermann (Missouri), despegó y pronto secundó a California en la producción de vino.4 A finales del siglo XIX, la epidemia de filoxera en el Oeste y la enfermedad de Pierce en el Este devastó la creciente industria del vino estadounidense.

 

La prohibición en los Estados Unidos comenzó por el estado de Maine en 1846; culminó en la aprobación de la 18.ª enmienda a la Constitución de los Estados Unidos en 1920 que prohibió la elaboración, venta y transporte de alcohol. Se hizo excepción con el vino de misa, usado con propósitos religiosos, y algunas bodegas pudieron mantener sus instalaciones con tales propósitos. Otras recurrieron al contrabando. Se hizo también frecuente la elaboración casera de vino, permitida a través de las excepciones para los vinos de misa y la producción para uso en el hogar.

Después de la abolición de la prohibición, el vino estadounidense volvió a emerger en condiciones muy pobres. Muchos vinicultores de talento habían fallecido, las viñas se habían descuidado o replantado con uva de mesa y la prohibición había cambiado el gusto de los estadounidenses en materia de vino. Los consumidores reclamaban entonces vino barato (el llamado dago red) y vino de alta graduación dulce y generoso. Antes de la prohibición se vendía más vino de mesa seco que vino dulce, en proporción de tres a uno, pero después la ratio era más que a la inversa. En 1935, el 81% de la producción de California eran vinos dulces.

 

EL VINO EN AUSTRALIA

Los primeros esfuerzos para producir vino en gran escala en Australia se remontan a mediados del siglo XIX, pero la industria languideció hasta las dos últimas décadas del siglo XX. Desde entonces, el país ha crecido hasta convertirse en un productor mundial con una variedad de vinos blancos y tintos de gran prestigio.

Desde que la primera vid fue plantada en suelo australiano, por gobernador Sir Arthur Phillip alrededor de 1788, Australia ha recorrido un largo camino. Australia se ha convertido en un productor modelo en el Nuevo Mundo del Vino. Australia no tiene en cuenta las tradiciones y reglas sofocantes del Viejo Mundo y produce vinos afrutados muy fiables. Su proceso de elaboración de vino se puede describir como innovador, orientado al consumidor, y sus resultados pueden competir con los mejores a nivel internacional.

La viña no existía en Australia antes de la llegada de los europeos, así pues las uvas y los vinos europeos fueron el punto de partida; pero los vinos australianos tienen su propio estilo. Hoy en día, Australia produce vinos maduros y frutales, de gran calidad, tanto para beber a diario a precios muy asequibles como algunos de los mejores vinos en categorías especiales.

La industria del vino en Australia ha llegado a dominar la tecnología completamente. Los vinos pueden proceder de un solo viñedo, o pueden ser el resultado de mezclas afinadas para conseguir el grado deseado de sabor y madurez –en Australia, siempre se busca ese toque. Las uvas pueden ser transportadas a través de medio país y llegar a la bodega en perfectas condiciones. Australia entrena a los productores de vino para que sean ser capaces de producir un vino sabroso, limpio, y con sabor a fruta aún en las circunstancias más adversas. No importa cuan caliente o cómo sea de seco el clima. El proceso de fermentación de temperatura controlada se aplica tanto a los vinos tintos como a los blancos, y se consiguen vinos perfectos. Este avance tecnológico tan increíble en la elaboración del vino fue el presente de Australia para el mundo.

 

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